Biografía

Rafael Petitón Guzmán fue compositor, pianista, arreglista y director de orquesta dominicano. Nació en Salcedo y es la razón por la que se oyó merengue en los salones de baile de Nueva York décadas antes de que a alguien se le ocurriera pensarlo como exportación.

Salcedo, San Juan, Nueva York

Su primer maestro fue su padre, Edilio Petitón, buen músico aficionado. Después una beca del gobierno dominicano lo mandó tres años a Puerto Rico a estudiar con Julio de Arteaga y Ramón Morlá, y se quedó en la isla lo suficiente para ocupar una silla en la orquesta original de Rafael Muñoz, una de las bandas puertorriqueñas más respetadas de la época.

Viajó por buena parte de América Latina antes de establecerse en Nueva York a mediados de los años treinta, y ya allí entró a Juilliard, donde estudió con Leopold Stokowski. Un dominicano de un pueblo pequeño del Cibao con una plaza de conservatorio en Manhattan en aquella década no es una biografía corriente.

Orquesta Lira Dominicana

La banda que armó estuvo entre las primeras orquestas dirigidas por un dominicano en la ciudad, y entre las primeras en poner merengue delante de un público que nunca lo había oído. Por eso le dijeron el embajador del merengue, y el título se ganó en salones y no en entrevistas: Radio City Music Hall, el Stork Club, el Copacabana.

Las grabaciones que sobreviven muestran lo que de verdad hizo con la forma. El Llorón y El Merengue en Nueva York son merengues, pero Vibraciones es un danzón, Bésame un bolero-son y Amor y Pasión otra cosa más. Escribía para una Nueva York latina donde dominicanos, cubanos y puertorriqueños compartían los mismos atriles, y el merengue tenía que defenderse al lado de todo lo demás.

Los últimos años, y el archivo

Pasó el final de su vida de trabajo enseñando, arreglando y componiendo. Murió en San Juan en diciembre de 1983 y, por voluntad propia, lo enterraron en Salcedo.

Lo que dejó es de una integridad rara: más de mil ochocientas partituras, letras, grabaciones, documentos y fotografías, entregadas en 2007 a los Archivos Dominicanos del City College de Nueva York por su hija y sus dos hijos. Muy poca música dominicana de esa generación sobrevive de esa manera.

Recuperado, no recordado

Durante casi cuarenta años fue un nombre en bibliografías especializadas y en ningún otro sitio. Eso ha empezado a cambiar: el Instituto de Estudios Dominicanos de CUNY armó un homenaje en tres partes en 2021 y publicó un disco con su obra, la Herb Alpert School of Music de UCLA le ha dedicado un proyecto, y en 2023 la Latin American Music Review publicó un estudio que abre diciendo que su obra casi no ha tenido atención hasta ahora.

Es un resumen justo. La música que empezó en un salón de baile neoyorquino en los años treinta apenas ahora se está volviendo a leer del papel.

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