Biografía

Bertico Sosa —Francisco Alberto Sosa Paredes, nacido en La Romana el 23 de febrero de 1951 y muerto el 2 de diciembre de 2005— fue un pianista, arreglista y compositor dominicano. Escribió los arreglos detrás de buena parte del merengue que los dominicanos de cierta edad todavía se saben, y casi ninguno sabe su nombre, porque el del arreglista es justamente el que no va en la portada.

Primeros años y formación

Salió de La Romana y estudió en la Universidad Autónoma de Santo Domingo. El piano era su instrumento, y por lo que se le conocía era por la complejidad y el acabado de lo que escribía para que lo tocaran otros.

La época dorada

Trabajó con Fernando Villalona, Sergio Vargas, Olga Lara, Wilfrido Vargas, Johnny Ventura y Negrito Truman. Esa lista no es una muestra del merengue de los ochenta y noventa: es casi todo el merengue de los ochenta y noventa.

Los discos de Villalona son donde su firma se ve más clara. Antes de Conocerte, Te Amo Demasiado, Sonámbulo y La Jamaquita son arreglos suyos. Cuando Angelito Villalona grabó La Chula en 1986 con la orquesta de su hermano, Sosa escribió también ese arreglo, y ya le había hecho lo mismo en 1983.

Qué hace un arreglista

La distinción importa en esta música y casi nunca se explica. Un merengue llega como melodía y letra; lo que lo convierte en disco es el arreglo: dónde contestan los metales, cómo se arma el mambo, qué hace el piano por debajo, cuándo levanta todo. Dos orquestas tocando la misma canción suenan a canciones distintas, y la razón es quien escribió las partes.

Sosa fue de ese grupo pequeño de dominicanos que modernizó ese sonido en los ochenta, y se le nombra al lado de Manuel Tejada entre los que definieron a qué debía sonar una orquesta de merengue en un disco.

Legado

Dos décadas después de su muerte se le seguía llamando el músico más influyente que ha dado La Romana, y el reclamo suele hacerse más grande todavía: uno de los más influyentes de la historia del merengue, sin más.

Un concierto de homenaje juntó a Olga Lara, Fernando Villalona y Vickiana para tocarle de vuelta sus propios arreglos. Es la única clase de monumento que el oficio les levanta a los que escriben las partes.

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